Por motivos de trabajo tuve que estar 15 días en las Islas Canarias y ya que estaba allí aproveché para tomarme 5 días de descanso en Lanzarote. Alquilé un coche en
Puerto del Rosario, capital de Fuerteventura y cruce la isla (impresionantes las playas) hasta
Corralejo, en el extremo norte para coger
el Ferry que me dejó en
Playa Blanca, en el extremo sur de Lanzarote, desde ahí una vez desembarcado el coche por carretera fui hasta
Costa Teguise.
Es la primera vez que viajo con el coche (un extraño monovolumen de la marca Skoda) en un barco, me resultó curiosa la experiencia de meterme y aparcar en la bodega del barco, aunque es una operación fácil. El trayecto: unos 20 minutos, el precio: con coche incluido 29 €.
Durante estos 5 días estuve alojado en el Hotel Barceló Lanzarote Resort (****), que aunque suene cursi, es un remanso de paz, especialmente la piscina, donde puedes estar horas y horas tumbado sin hacer nada, solo vagueando que es una muy sana costumbre que se está perdiendo. El precio por día, desayuno pantagruélico incluido, 56 €.
Pero como soy culo de mal asiento y lo mío no es estar quieto ni un minuto me dediqué a ver un poco la isla: recorrí las playas, tanto las más turísticas como las del Puerto del Carmen (aquello parecía Benidorm), lleno de garitos a mejor gloria de su graciosa majestad del Imperio Británico (es una auténtica invasión la de sus súbditos), como las más tranquilas de Costa Teguise: Los Charcos. Punta Jabillo y Las Cucharas (la más grande de esa zona, 640 m. de longitud y la más agradable desde mi punto de vista). Por cierto el agua limpia y cristalina está bastante caliente a pesar de ser playas abiertas al Atlántico, por lo menos para mi que estoy acostumbrado a aguas mucho menos templadas.
También aproveché para visitar la Casa/Fundación de César Manrique, el arquitecto al que Lanzarote debe gran parte de su atractivo actual, el gran hacedor de la isla. Su casa es fiel reflejo de su arte y una mezcla perfecta de como integrar el ecosistema local en la arquitectura, o al revés como insertar la arquitectura en su hábitat natural.

Me gustó, especialmente la parte inferior, la parte de la casa excavada en la roca, confundida con las cuevas y el jardín inferior, con la fuente y el agua de color azul brillante… a parte de una impresionante colección de pintura (Miró, Picasso, Tapies…)
La siguiente visita fue a otra de las creaciones de Manrique: El Jardín del Cactus, la última obra del artista antes de su muerte, un recinto amurallado y diseñado en forma de terrazas circulares sobre una antigua cantera con forma de anfiteatro, donde se muestran más de 10.000 cactus .El Jardín se encuentra en las afueras de Guatiza, en la carretera hacia Mala. Es un sitio magnífiico para pasar las horas contemplando cactus (me encantan tengo dos en mi despacho!!) de todas los tamaños, variedades y países. Hay algunos, gigantes de más de tres metros de altura, ¡increible!, no sabía que existieran tanta variedad de especies. la verdad es que pasé varias horas allí, fotografiándolo todo y creo que las mejores fotos de este viaje son las que saqué en el jardín.

Ese mismo día aprovechando que estaba cerca fui a ver la Cuevas de los Verdes, una formación natural, un tubo volcánico producto de la erupción del volcán Corona que se extiende a lo largo de 7 kilómetros, más una parte que está sumergida, llamada Túnel de la Atlántida que es tubo volcánico submarino más grande del mundo. La parte que permiten visitar apenas llega a 1 kilómetro, eso sí de gran belleza, a pesar de que ahí abajo no hay nada, absolutamente nada, más que roca volcánica y un peuqeño auditorio formado en una cavidad más ancha que tiene una acústica alucinante. Pero es una experiencia curiosa, hacia muchos años que no pisaba una cueva, desde que, cuando tenía 14 o 15 años, fui a ver las Cuevas del Águila en Arenas de San Pedro.
Y ya que estaba allí lo lógico era terminar mi excursión de ese día en los Jameos del Agua, que es el final natural de las propias cuevas y obra también del omnipresente Manrique. Los jameos son tubos volcánicos generados por el flujo de lava en su interior al que se la ha desprendido la parte superior.

El conjunto está formado por tres jameos: el “Jameo Chico” por donde se entra y donde hay un bar/restaurante, el “Jameo Grande”, donde está la piscina de las palmeras y para mi gusto el más bonito, y un tercero, llamado “Jameo de la Cazuela”. Existe un auditorio pero no lo pude ver porque lo están restaurando y está cerrado.
Al día siguiente completé la excursión con la otra parte importante que me faltaba por ver de la isla: El Parque Nacional de Timanfaya: creado como espacio protegido en 1974 para reservar la zona producto de las erupciones que asolaron la zona entre 1.730 y 1736 y que testimonió el sacerdote Andrés Lorenzo Curbelo en un diario que se puede conseguir por poco dinero en la tienda de la Montaña de Fuego. Es una paisaje lunar, pura desolación, todo roca y lava, que impresiona; se puede recorrer en una ruta de autobús de unos 45 minutos o para los más osados a pie en un trayecto de unas 5 horas. Yo hice la ruta en autobús y es maravillosa aunque se hace muy corta es impresionante recorrer todos esos senderos que la lava y los volcanes han creado y ver como cambia el paisaje desde el Valle de la Tranquilidad (un océano de arena de color rojizo) hasta la Montaña de Fuego. Una visita imprescindible si vas a Lanzarote, te gustará. Otra posibiulidad es que escojas un camello y te den una vuelta por el parque pero como veréis en la sfotos la cola es grande (todos los turistas se apuntan a esto) e igual te toca esperar un buen rato.

Aquí os dejo todas las fotos que saqué con mi nueva cámara (luego os hablo de ella):