Por fin lo encontré!!
Hace tres años, el Museo do Mar de Galicia realizó una exposición para conmemorar el 300 aniversario de la Batalla de Rande, que ha quedado para la historia como una de los mayores desastres de la marina española (junto a la Armada Invencible y la derrota de Trafalgar). A parte del tema histórico lo más interesante de la exposición era la parte dedicada a la búsqueda del famoso tesoro, mitificado por el escritor Julio Verne en su famosa novela “20.000 leguas de viaje submarino”:
“…«En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, claramente el fondo arenoso. Hombres de la tripulación equipados con escafandras se ocupan de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos ennegrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingotes de oro y plata, cascadas de piastras y de joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso botín, los hombres regresaban al Nautilus, depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata…Comprendí entonces que nos hallábamos en el escenario de la batalla del 22 de octubre de 1702 y que aquel era el lugar en el que se habían hundido los galeones fletados por el gobierno español. Allí era donde el capitán Nemo subenía a sus necesidades y lastraba con aquellos millones al Nautilus. Para él; para él sólo había entregado América sus metales preciosos. Él era el heredero directo y único de aquellos tesoros arrancados a los incas y a los vencidos por Hernán Cortés…»”
La última expedición que intentó recuperar el tesoro fue la que organizó un ‘niño bien newyorkino’ que en los años 50 vino a Vigo atraido por la leyenda, con nuevas teorías y nuevos métodos de exploración (fueron los primeros “hombres rana” que se vieron en España). Se llamaba John S. Potter Jr. y por supuesto, a parte de unos cuantos cañones y unas pocas monedas no encontró absolutamente nada del tesoro…
“…No, no encontramos el oro y la plata que veníamos a rescatar. En vez de eso encontramos un tesoro mucho más valioso, un tesoro que todos nosotros disfrutamos el resto de nuestras vidas: el cálido recuerdo de esos muchos amigos españoles que permitieron que un grupo de extraños “hombres-rana” extranjeros entraran en sus corazones y en sus hogares…”
John S. Potter Jr. Martha’s Vineyard. Septiembre de 2002
Pero Potter dejó como testigo de su experiencia en tierras (y aguas) gallegas un libro de su aventura, además de un montón de grabaciones hechas con una super8 mm (que el museo también ha recuperado en un DVD).
Yo había visto el libro, en su edición inglesa, en casa de mi abuelo y ayer por fin lo encontré en la librería del museo, reeditado y traducido por el Consorcio de la Zona Franca de Vigo.
En el libro Potter cuenta todos los pormenores de la expedición, los problemas con los que se encontraron y describe con gran precisión la sociedad viguesa de aquellos años, los lugares y personas (la mayoría ya desaparecidas) con los que convivió durante 4 años en busca del tesoro, que nunca encontró, aunque aporta una nueva teoría que sitúa el tesoro en el galeón hundido frente a las Islas Cíes, el “Santa Cruz de Maracaibo”, apresado por los ingleses después de la batalla y que se hundió debido a su mal estado y a la tormenta.
Anoche le enseñé el libro a mi abuelo, que debe de ser una de las pocas personas que conocieron y trataron con Potter que queda con vida y él me contó muchas cosas sobre la expedición y sus protagonistas, ya que tuvo la oportunidad de solucionarle unos cuantos problemas de logística, como Potter cuenta en el libro[1]:
“…Cuando nos despedimos me recomendó a varios agentes de aduanas de Vigo, incluyendo un tal Davila y Cía, y ahí realicé mi siguiente visita. Tras toda una mañana de esforzarme en hablar en español me sorprendió agradablemente ser recibido en un inglés fluido. El señor Dávila [primo de mi abuelo] -alto, pecoso y pelirojo- era el enérgico propietario de una próspera línea de transporte marítimo, al igual que una agencia de aduanas. Me asignó a dos de sus asociados, uno de los cuales [mi abuelo] hablaba un inglés de Oxford. Estudiaron durante una hora los términos de mi concesión y dieron los pasos necesarios para que se trasladase nuestro equipo a Vigo…”
[1] los enlaces y las acotaciones en rojo son mías.